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Cuentos del miedo: Crecía sobre el monte. 
por :
Lázaro Boza Boza.
Edición:
08/06/2010
De niño supe que La Loma del Chivo era un sitio para no ser visitado, ni siquiera de día.
Al lugar se llegaba por un camino, rodeado de vegetación raquítica, compuesta por pequeños robles y peralejos, que conducía a las fincas de la comarca. El sendero se empinaba por sobre pequeñas colinas hasta adentrarse en la vegetación frondosa de La Loma.
Aun con el sol en medio del cielo, la luz no traspasaba la bóveda de ramas que se extendía por unos 500 metros hasta desembocar en una sabana en declive, detenida en el poblado de El Roble, donde estaba la bodega.
Cuando alguien se adentraba en la vereda de La Loma del Chivo a pleno día lo hacía a paso rápido, de sus pies, del caballo o de la yunta, con una mezcla de respeto y temor por aquella oscuridad dentro de tanta explosión de luz y no cesaba la inquietud hasta llegar al otro extremo donde, el canto de los pájaros y el arriar de bueyes en la distancia le devolvían la capacidad de respirar con tranquilidad y continuar el camino, sin mirar atrás. De noche no se iba por allí. Los caminantes que tuvieran que llegar a Monte Malo o Santana, lo hacían dando un rodeo por el Encinal, atravesando la finca de los Ajete, antes que aventurarse una sola vez por aquel sendero.
La reputación de La Loma del Chivo venía de antaño. Cuentan que en las mañanas los campesinos encontraban a la orilla del camino, entre las raíces de una caoba, la forma de un cuerpo menudo, moldeado en la hojarasca. Rompían esa especie de nido y al otro día lo volvían a topar, como si un niño hubiese dormido allí la noche entera. Un atardecer la maestra del lugar, regresando a casa, perdió el sentido al echársele encima una especie de manto frío que surgió de la espesura. Fue encontrada por vecinos y familiares que salieron en su búsqueda producto a la demora.
Otro dato curioso es el que aportan los monteros sobre el lugar; cuentan que nunca se les dio el caso de una vaca perdida en las frondas de la Loma del Chivo; tal como si evitaran la sombra de sus árboles, y que en noches sin luna, los caballos se negaban a entrar a la vereda, muy a pesar de emplear las espuelas contra sus hijares. Las bestias se encabritaban y piafaban pero, en cuanto les aflojaban las riendas, viraban por el camino sin atreverse a cruzar aquella oquedad del bosque.
Mi abuelo vivió en el lugar desde el año 46. Como todos los pobladores, respetó las leyendas de la Loma, pero nunca vio algo que pudiera catalogarse como sobrenatural. Una tarde del 63, con lo de las cooperativas, lo llamaron de El Roble para recoger unos sacos de abono que le habían asignado. La noticia llegó después de almuerzo y, como el sol estaba bravío, decidió esperar unas horas para enyugar los bueyes, enganchar el carretón y salir para la casa de Naco, donde descargaban el fertilizante. Mi tío tendría unos cinco años y se fue con él.
Entre una cosa y la otra, emprendió el regreso con el sol perdiéndose por entre los manglares de la costa.
Pese a la vara de garrocha, los animales no daban más de lo que la pesada carga les permitía. Por otra parte, desviarse por el camino de Los Ajete, suponía el riego de quedar atascados en el arroyo. No quedaba más remedio que seguir y atravesar la vereda de la Loma del Chivo.
El viejo sentó al chico a su lado en el pescante y continuó el avance. La subida era larga y los animales no daban más de lo que podían. La entrada a la vereda de la Loma era una boca oscura cuando por fin la enfilamos en noche cerrada. Por instinto, los animales hicieron el intento de detener la marcha, pero el pincho de la vara de en sus cuartos traseros los hizo lanzarse con ciega rabia hacia delante como única vía de evitar aquella avispa que les provocaba tantos sufrimientos.
Desde el centro de la vereda comenzaron a ver un resplandor a lo lejos, en la salida del túnel vegetal.
-Pipo, ¿Qué es eso?
-Parece que están quemando el pajón.
Los bueyes avanzaban azorados por el castigo recibido y el ruido del las llantas contra los guijarros semejaba un de molino de maíz. Al acercarse a la salida se percataron que del resplandor o hierbas quemadas no había ni rastros. Justo a la derecha, al lado de un almácigo retorcido que marcaba el fin del túnel, había un torito bermejo que comenzó a caminar por entre las yerbas, paralelo al carretón. Todo parecía normal y el viejo pensó que se trataba de alguna res extraviada. Intentando distinguirlo con detalles en la penumbra de la noche que caía se percató de que, estaba creciendo.
No dejó que el espanto lo dominara; Rodeó la cabeza del chico en sus manos y azuzó los bueyes. Ya el toro era del alto del monte.
En un recodo del camino, dobló para la talanquera de su finca y no miró atrás. Cuando llegó a la casa los perros lo recibieron con gruñidos y un espeso olor a carnes podridas saturaba el ambiente. Se llenó de valor y, mientras desenyugaba los bueyes, miró para la Loma del Chivo. Una refulgencia gigantesca la iluminaba. Su mujer, que había salido al patio a recibirlo, le comentó:
-Parece que están quemando el pajón.
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