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Edición No.: 77
julio del 2010 " "Año 52 de la Revolución" "         ISSN 2070-2222
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 Guane vs Mantua: litigios por el cabildo       Translate this page whith Google

 por: Enrique Pertierra Serra

Desde el 1ro de enero de 1872, Antonio Quintana y Bernaola había sustituido a Lluch y Roune en la silla principal del ayuntamiento.
El tercer alcalde de Mantua, nació en Portugalete, Vizcaya, en 1823, y siendo muy joven emigro a Cuba, asentándose en el territorio de Mantua. Entre los años 1844-45, concibió la idea de regresar a España, pero durante un viaje a La Habana, su compañero de travesía el acaudalado propietario del Corral de Malcasado, Don Florencio Miranda, le disuadió para permanecer en Mantua, prometiéndole ayuda moral y financiera. Quintana y Bernaola fundo una familia en Mantua transito por los cargos de subdelegado de marina, juez de paz y regidor, antes de alcanzar el pináculo de sus aspiraciones.
En los comicios, fueron nombrados regidores Manuel Rocubert, Bartolomé Labastida, Juan Sague y el síndico Salvador Aulet, en sustitución de Pedro Asco, José Ignacio de Urquiola y Simón Docal, elegidos en las elecciones del 28 de enero de 1871.
Antonio Quintana, convertido en acérrimo defensor de los intereses locales tuvo que enfrentarse desde el mismo momento de su elección a los reclamos de los habitantes del antiguo partido de Guane que pujaban por regresar al status existente antes de la anexión por Mantua de su territorio.
José Docal, Antonio Díaz, Joaquín Gómez, Antonio Camilo Díaz, el sacerdote Saturnino Cartaya, Antonio Suarez Solis, Tomas Fernández y Pedro Antonio Martínez, dirigieron el ayuntamiento de Mantua una misiva que según el historiador Emeterio Santovenia, contenía exigencias y amenazas que hirieron la dignidad de los miembros de la administración mantuana. Después de analizar la situación, el alcalde, los regidores y el síndico tomaron la decisión, el 9 de diciembre de 1872, de elevar al Gobierno Superior Civil la carta suscrita por los vecinos de Guane y un documento contentivo de los antecedentes del litigio.
Emeterio Santovenia, era del criterio de que el ayuntamiento mantuano invertía en el vecino pueblo de Guane “... sumas que excedían a las dedicadas al propio Mantua para obras y mejoras públicas, a la par que, en vigor la cobranza del arbitrio de quinientas milésimas de escudo por cada tercio de tabaco extraído de la comarca, las arcas municipales guardaban a la sazón sobre ocho mil pesos en papel del Banco de España ...”.
Una investigación confidencial ordenada por los miembros del consistorio de Mantua arrojó como resultado que el capitán pedáneo de Guane se dedicaba desde hacia cierto tiempo a realizar una campaña de descrédito contra el ayuntamiento que regía los destinos de Guane, Mantua y Baja. Aquella cruzada insidiosa motivo al párroco de Guane y las siete personas antes mencionadas a redactar la irrespetuosa misiva a las más altas autoridades del territorio.
Con pruebas contundentes en sus manos, el ayuntamiento de Mantua ordenó la destitución del capitán pedáneo de Guane y simultáneamente, el 23 de diciembre el gobernador Superior Civil emitió su voto a favor de la medida adoptada. Ello bastó para que los demandantes fueran citados a comparecer ante el consistorio mantuano. Solo 6 lo hicieron; Martínez y el sacerdote Cartaya se excusaron alegando estar impedidos para cabalgar hasta Mantua.
En la sala consistorial, el alcalde Antonio Quintana y Bernaola instó a los demandantes a retractarse por sus insultos expresados en la misiva y los conminó a dirigirse al cabildo con todo el respeto que la institución merecía si decidían continuar con sus exigencias.
Aunque el incidente pareció quedar sellado en la reunión, los habitantes de Guane no cejaron en su empeño por una causa que creían justa: la devolución de la autonomía a su partido mediante el establecimiento de un ayuntamiento local y el resto de las instituciones oficiales propias.
Sus demandas estaban fundamentadas principalmente en que Guane había sido el primer pueblo fundado en toda la Vuelta Abajo, centro administrativo de la Tenencia de Gobierno de la Nueva Filipina. Su territorio, sostenían, era más vasto que el de Mantua, comarca que durante mucho tiempo dependió eclesiástica y administrativamente de Guane.
Considerando justos sus reclamos, los pobladores de Guane decidieron conquistar a toda costa su autonomía. Sobre el denuedo con que los guaneros acometieron la batalla para alcanzar la independencia territorial, Emeterio Santovenia resalto que “... que de improviso adquirió categoría de ideal abrasado con calor y fe extremados ...”.
En los comicios llevados a cabo en diciembre de 1872 fue reelecto Antonio Quintana y Bernaola. Los cargos de regidores recayeron sobre Simón Docal – quien lo desempeñaría por segunda vez -, Francisco Lanreiro y Antonio Suárez, estos últimos vecinos del pueblo de Guane. Pero Lanreiro presentó poco después su renuncia y fue sustituido por el sagaz Pedro Murrieta; esto pareció una estratagema de los guaneros, tanto más si se toma en consideración que el 17 de abril de 1874 Murrieta ascendió al cargo de concejal y poco antes, el día 10, se examinó en la sesión ordinaria del consistorio una nueva petición de los vecinos de Guane para crear su propio ayuntamiento.
Los guaneros meses atrás, habían pedido al Gobierno Superior Civil la concesión de permiso para crear su propio ayuntamiento; pero la instancia superior optó por dejar en manos del cabildo de Mantua la decisión final al respecto.
Según hace constar el historiador Emeterio Santovenia, en la sesión donde se dio curso a la querella, el alcalde Quintana y Bernaola “... hizo gala de sus habilidades y su preparación para el cargo que desempeñaba ...”. y dejó sin efecto la petición, exponiendo además una “... sólida argumentación, basada en la historia de las instituciones mantuanas yen una circunstanciada reseña de las condiciones del territorio aspirante al gobierno local ...”.
En Guane; rediseñaron la estrategia para la conquista del anhelado poder político, apoyándose en la contribución del concejal Murrieta quien, desde su privilegiada posición se mantenía al tanto de cuanto acontecía en el consistorio mantuano. Durante dos años enteros se llevó adelante una campaña silenciosa para lograr que miembros de la clase alta guanera ocuparan los principales escaños en el ayuntamiento de Mantua y en las elecciones siguientes, los resultados se correspondieron con el esfuerzo y el tiempo invertido.
El 12 de mayo de 1876, Rafael Díaz Porras, vecino del pueblo de Guane fue electo alcalde del ayuntamiento de Mantua y sus coterráneos Joaquín Gómez, José García Suárez y Andrés Pérez fueron nombrados regidores, mientras Pedro Murrieta era ratificado en su cargo. Díaz Porras eligió como síndico a García Suarez: el camino hacia las aspiraciones políticas de los habitantes de Guane estaba allanado. Díaz Porras y su sequito no perdieron tiempo. El 30 de mayo del propio año solicitaron el traslado de la secretaría del ayuntamiento al pueblo de Guane con la esperanza de hacer lo mismo mas tarde con la casa consistorial completa.
El brigadier Domingo de León, entonces Teniente Gobernador de la Nueva Filipina, elevó al Capitán General de la Isla el 1ro de junio la petición de los nuevos miembros del consistorio, acompañada de varias cartas de desacuerdo escrita por mantuanos influyentes, entre ellos, el acaudalado Domingo Fors y Perdomo. En las misivas se advertía que en la real orden emitida por la metrópoli para instituir el ayuntamiento mantuano, se dispuso que este debía tener su asiento en el pueblo de Mantua y cualquier decisión destinada a cambiar su sede contravenía la orden real.
El 22 de julio de 1876, el Capitán General de la isla de Cuba denegó la petición formulada por el cabildo de Mantua dominado por los guaneros.
La administración de Rafael Díaz Porras transcurrió en medio de una enconada lucha entre mantuanos y guaneros por retener para si las riendas del poder político del más vasto territorio de la Vuelta Abajo. Emeterio Santovenia apuntaba al respecto:
“... la residencia de la sindicatura del ayuntamiento, la falta de asistencia a las sesiones de los regidores domiciliados en Mantua, la formación de listas electorales amañadas, el acto borrascoso de las elecciones para la renovación del cabildo, la suspensión y cesantía del secretariado del mismo por su desacuerdo con la actitud de los concejales de Guane y los artículos virulentos que aparecieron en el periódico pinareño El Eco de Vuelta Abajo, con otras destemplanzas no menos escandalosas, bien a las claras decían que la situación resultaba insostenible y que no volverían a contemplarse anudados los lazos de concordia y armonía entre Guane Y Mantua mientras no se aplicase el remedio demandado por el origen y el móvil de tañas disensiones ”.
Los mantuanos decidieron terminar con la situación creada por Díaz Porras y sus séquitos a través de una solución nada honorable; según ellos, porque tampoco los de Guane jugaban limpio. Durante los comicios celebrados el 16 de diciembre de 1877 con motivo de la renovación anual de los cabildantes, fueron electos por mayoría de votos los concejales Antonio Suarez Solis, Juan Fabregas, Miguel Cusi y Pedro Parra, todos radicados en el vecino pueblo de Guane. Entonces los más prominentes, dentro de la clase alta mantuana, en reunión secreta -acto contrario a la práctica establecida – nombraron alcalde a Francisco A. Peláez y regidores a Manuel Rocubert, Tomás Goizueta y Antonio Pulido, en quien recayó el cargo de síndico y de inmediato elevaron la propuesta al Gobierno Superior Civil.
Con la aprobación de la Capitanía General de la Isla, el 29 de marzo de 1878 los mantuanos recuperaron el poder político y volvieron a gobernar a su antojo el vasto partido que según el censo realizado en diciembre de 1877, tenía 4 745 habitantes.
Quedaban atrás dos años de gobierno conducido por los guaneros en los cuales, según Emeterio Santovenia, las novedades más sobresalientes fueron los nombramientos del maestro público Tomás Modesto Cañas, el secretario contador del ayuntamiento Enrique Barrientos Vidal, el médico licenciado Jacinto Rodríguez Marcilla y la inauguración el 5 de agosto de 1876 del Casino Español, centro social edificado en el mismo centro del pueblo, presidido por el capitán pedáneo Juan de la Torre.
Para deponer a Díaz Parra, los mantuanos eligieron la figura mas relevante dentro de los adinerados del territorio, no por su capital, sino por su inteligencia, pericia y sagacidad política: Francisco Antonio Peláez y del Valle, venido al mundo en el 1833 en San Justo, Oviedo; había ocupado en Mantua- lugar donde comenzó a hacer una nueva vida desde muy joven- los cargos de administrador de correos, regidor y alcalde interino durante 1868-1870. Aquí contrajo nupcias en 1862 con la mantuana María Paula Gertrudis Suarez, nacida el 9 de abril de 1843.
La primera gestión de Peláez al frente del consistorio mantuano fue tratar de conseguir que los vapores costeros que cubrían la ruta La Habana-Río Blanco hicieran escala en el fondeadero de Los Arroyos; de esta manera quedaba asegurado el transporte de mercancías y personal entre el partido y la villa capital en ambas direcciones. También se empeñó en mantener a Baja bajo jurisdicción del ayuntamiento mantuano pues la Corona decretó el 9 de junio de 1878 un plan de reformas administrativas para dividir la isla en provincias y municipios y se temía que el territorio de Baja, económicamente fuerte, recobrara su autonomía. Y no dejaban de tener razón.

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